viernes, 11 de marzo de 2011

Vuelvo a Casa

El soldado para a la entrada de la villa, todas las miradas se vuelven hacia él. Marcado por mil guerras, manchado por la sangre, hediondo de muerte...

Los ancianos le miran reprobatoriamente, los niños temerosos buscan las faldas de sus madres. El resto acude a la pequeña plaza expectantes al fiero guerrero.
El silencio pesa, el gran hombre toma aire y la suelta en una gran bocanada, observa a los aldeanos desde la profundidad de sus grandes ojos negros. Las marcas de la guerra han dejado una gran brecha en su rostro, la tristeza asoma por todos sus poros. En su mano derecha sostiene una gran arma, una máquina de matar, el horror de los hombres, su mano izquierda mantiene un pulso consigo misma en un apretado puño que parece querer comprimir el aire.
Una pequeña voz rompe el silencio, "papa" dice musitadamente, una pequeña niña se acerca al gran guerrero.

Cae, como un titán se desploma pesadamente sobre sus rodillas y rompe a llorar. La pequeña niña, a la carrera, y con lágrimas en los ojos, se abalanza sobre su padre terminando de derribarlo. Y los dos quedan abrazados entre lágrimas y sonrisas.

La madre de la pequeña imita a su hija, y completa el perfecto circulo. Los aldeanos sonríen, sabedores de que no es el primero, ni será el último hijo de la aldea que vuelve de la cruenta guerra; y continúan con sus quehaceres. Y así, abandonan uno a uno, a la feliz familia, que queda tendida en el sucio suelo, en un mar de besos...

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