martes, 1 de junio de 2010

Alas Negras.


Es apenas un susurro, una mentira contada bajo manos que no quieren que se oiga, un error que se pronuncia una y otra vez. Un desastre, que me atenaza y me constriñe el pecho impidiéndome respirar.
Su batir de alas me roba el aliento, su pestilente hedor me arrebata el sueño.
Ser de oscuro plumaje, bestia del averno, odiado pájaro sin canto ni trino. Vete de aquí, dejame, olvida mi existencia.. Ya estoy acabado.
Tu tenebroso aliento a envenenado mi alma, mi sangre y mi razón. Ya nada queda en mi que de lo que alimentarse, ya ha desaparecido ........... todo.

Sonríes ante mis palabras ladron? sabes que miento, como tu haces. Me conoces demasiado poco, y crees que puedes tenerme en un eterno letargo de terror y miedo. No, amigo, antes me sobrevendra la locura, antes te daré muerte. Yo soy el espectro del pantano, y aunque mi alma, vieja ya y demasiado cansada, no pueda soportarte. Puedo igualmente devolverte odio por odio, muerte por muerte, sangre con mas sangre.

Dios sabe que no me rindo, que soy fuerte y no pierdo la esperanza. Ha escuchado mi risa y mi llanto, ha sido testigo de mi cruzada y conoce mi limite. Limite que ya esta siendo superado, ahogas?? pues sabes que ya no respiro? Constriñes?? como junco me doblare. Partes?? soy el viento, volátil, frió, escurridizo. Y no,no no... No puedes conmigo.

Vete pues, fría criatura, deja de observarme desde tu altiva postura. Olvida que me conociste y aterroriza a otros..

Si no, me veré forzado a desplumarte mala bestia.

Joder, que a huevo que vienes querido Edgar.

El cuervo Edgar Alla Poe (Boston, 1809 - Baltimore, 1849)

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y
cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro
libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un
leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi
cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de
mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en
el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis
libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la
única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin
nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la
seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes
sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere
entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar
quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi
cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par
la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella
negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños
que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio
insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el
balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de
mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me
dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues,
que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad
que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el
misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos
días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con
aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una
sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo
dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser
humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre
el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de
Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras
pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo
entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas
murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca
más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo
repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un
sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga
melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el
terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que
este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave
cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el
aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el
forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que
ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por
serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable
—dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una
tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura
este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo:
“Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí,
seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la
tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra
encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en
verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te
imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa
diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se
curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta
alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa
doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una
rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo
dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro
o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la
ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la
mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona
el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu
figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el
Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en
el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus
ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la
luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi
alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá
liberarse. ¡Nunca más!

1 comentario:

  1. Anónimo1/6/10 1:20

    Como dices tu " joder". ¿ por qué será que en algunos momentos de la vida los versos de Alan Poe nos viene tan a mano para explicar nuestros pensamientos? ¿ será por qué estamos tan locos como él? Quizás, pero bendita locura, la prefiero a la cordura de los que no piensan en nada.

    ResponderEliminar